Los procesos de trabajo y las relaciones establecidas dentro de una organización obedecen en muchas ocasiones a premisas y lógicas clásicas que, tradicionalmente, se han centrado en el diseño de los procesos de producción y en la optimización de la gestión de los recursos materiales. Las personas y todo lo que ellas representan han sido situadas, por ello, en la periferia de los sistemas de gestión empresarial.

Moverse hacia una cultura caracterizada por un mayor protagonismo de sus personas permite dotar a la organización de una mayor riqueza y flexibilidad para la adaptación a los cambios y el entorno, y permite también dotar a las personas de un contexto laboral más enriquecedor.

El acompañamiento para que esta transformación pueda darse ha de ser personalizado y tiene que aprovechar las buenas prácticas ya alcanzadas en empresas de nuestro entorno.


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